Por Gabriela Painelaf
A las mujeres siempre nos faltaron todas las opciones para elegir. Es más, no hemos tenido oportunidades para hacerlo. Siempre nos faltó (y nos falta) ese algo para poder decidir lo que queremos hacer. No decidimos mal, sino que nos faltan recursos para poder hacerlo: aunque tengamos sobrecarga de roles y tareas a cuestas, siempre estamos en una negociación constante con nosotras mismas y lo demás. A veces no nos damos cuenta, pero necesitamos sobrevivir, y para muchas mujeres el matrimonio o la convivencia sigue siendo un lugar de ascenso social. Y el matrimonio es un contrato que genera el ascenso de las mujeres para que puedan sostener la vida material.
Pero no significa una mejor calidad de vida.
Una mirada histórica sobre la supervivencia:
A lo largo de la historia, ha habido aspectos de desigualdad hacia las mujeres que, por momentos, fueron naturalizados. Por ejemplo, con el código Hammurabi, que negaba la existencia de la voluntad de la mujer, y su situación jurídica y social dependía de su estado civil. Eso permitía que también reciban herencia de su marido, solo si estaban casadas, obvio.
En Grecia y Roma surgieron las fundamentaciones sobre el Estado y la democracia. En Esparta, el pasaje de menor de edad a mayor de edad, hacia que las mujeres accedan a derechos civiles. Pero carecían de derechos políticos. En Atenas, las mujeres estaban excluidas de ser ciudadanas. Las mujeres debían estar bajo la tutela de un hombre. La ley imponía la necesidad de un tutor, y no podían realizar ninguna acción judicial sin su autorización. En Roma, el concepto de ciudadanía era más amplio: la mujer era libre, pero sin derechos políticos. Una diferencia importante entre ambas culturas, es que en la ateniense predominaba el discurso de la inferioridad: libres, pero sin capacidades jurídicas. En la cultura romana, en cambio, se les reconocía algunos derechos, demostrando su existencia jurídica y social.
En la Edad Media, la figura femenina estaba condicionada por su lugar dentro de la sociedad estamental: solo la mujer noble “gozaba” de privilegios. Ella se encargaba del cuidado del hogar e hijos, y ocupaban un lugar importante ante la ausencia del esposo durante las guerras. Pero, eran utilizadas como moneda de cambio de las uniones matrimoniales, que servían para sellar pactos estratégicos o políticos. Las mujeres campesinas se encontraban en las peores condiciones sociales, y las mujeres que se dedicaban a vivir como monjas gozaban de “libertad”. Aquí nació el concepto de “las brujas”: la Iglesia incluía a este grupo a mujeres que sabían de reproducción, amor, sexualidad, anatomía y botánica. Es decir, a cualquier mujer que genere cualquier conocimiento específico. Estas brujas eran parteras, alquimistas, perfumistas, nodrizas o cocineras. Prestaban un importante servicio a la comunidad, conocían mucho de plantas, animales y minerales, y creaban recetas para curar; todo esto fue interpretado por los grupos dominantes del medievo como un poder del Diablo en la Tierra.
En la Edad Moderna, la situación de las mujeres no era muy diferente a la de la Edad Media. La mayoría de las mujeres durante el Renacimiento acababan siendo madres, y la maternidad era su identidad. Era un honor estar embarazada. Después de los acontecimientos de la Revolución Francesa en 1789, estas mujeres pensaron que La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, que promovían la igualdad natural y política, iban a repercutir en su vida. Pero no ¡qué ilusas! Los derechos, la libertad y la igualdad, solo contemplaban a los hombres. Es en la Edad Contemporánea que aparece la nueva mujer, “la feminista”. La mujer que quiere que se reconozcan sus derechos: el derecho al voto, a ejercer cargos en el gobierno, a hablar en público sobre asuntos políticos, a la propiedad privada, a participar en el ejército, a tener igualdad de poder en la familia, en la Iglesia y en la educación. Aspectos que actualmente, continuamos recuperándolos a lo largo de la historia. Fue la escritora francesa Olimpia De Gouges (1745-1793), una de las precursoras del feminismo.
Además, fundadora de la Sociedad Popular de las Mujeres en 1791, y precursora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1789, en respuesta a la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano propuesta en la revolución francesa.
Con este breve resumen de la historia de la mujer desde los orígenes del ser humano, es notoria la asimetría que ha existido (y existe) entre los géneros, y la necesidad de sobrevivir. A pesar que se han conquistado numerosos derechos, los factores económicos (que se analizarán a continuación) continúan ubicando al género femenino en desventaja con el masculino. Ocurre que la violencia económica y patrimonial está naturalizada porque existe una construcción cultural que hace que no esté visibilizado como violencia hacia las mujeres.
¿Estamos cerca de una independencia económica?
La mayoría de las mujeres frente a una unión convivencial o casamiento, sufren un empobrecimiento económico/patrimonial al enviudar. El matrimonio continúa persistiendo como un contrato que genera el ascenso de las mujeres a la vida material. Pero… ¿realmente mejora la calidad de vida? ¿Pensamos (de manera inconsciente) en el matrimonio para proteger nuestro patrimonio o para sobrevivir a futuro? ¿Alguna vez te preguntaste cuál fue tu primer acercamiento al dinero?
Las mujeres tenemos falta de accesos a servicios financieros, lo que hace más difícil desarrollar nuestros proyectos personales y decidir sobre nuestra propia vida: esta independencia económica limitada influye en nuestra autoestima y la posibilidad de tomar decisiones en diferentes ámbitos. El dinero no es algo neutro, cuando decimos que queremos acceder a él, estamos hablando de modificar las relaciones de poder que existen y prevalecen. Y el dinero, es un recurso privilegiado, cuya administración está en manos de hombres.
Al ser las mujeres quiénes le dedican más tiempo al trabajo doméstico, disponen menos tiempo para estudiar, formarse, trabajar fuera del hogar; o aceptar trabajos más flexibles (precarizados y peores pagos) y enfrentando una doble jornada laboral. Sumado a esto, para algunas mujeres el matrimonio o la convivencia es un lugar de ascenso social, como en la época de nuestros padres, abuelos/as y bisabuelos/as. Pero esta situación también condiciona a los hombres y les quita la posibilidad de participar y disfrutar de la crianza de sus hijos; imponiéndoles la necesidad de buscar mejores empleos y salarios, como el sustento y proveedor.
Uno de los posters más conocidos icónicos del feminismo es en el que vemos a una mujer con un pañuelo rojo en su cabeza, la camisa arremangada mostrando un brazo musculoso y un título de WE CAN DO IT. Una imagen publicitaria de la Segunda Guerra Mundial, cuando algunas mujeres tomaron el papel de los hombres en fábricas y negocios. En algunos casos, la participación de las mujeres en el trabajo es producto de crisis económicas, guerras y pobreza.
Pero no es el “paraíso”: según el informe igualAR sobre La participación de las mujeres en el trabajo, el ingreso y la producción de la Iniciativa Spotlight (que expresa datos para analizar cómo se expresan las desigualdades de género en el mundo del trabajo, el empleo y la producción) las mujeres que tienen empleo formal ganan un 28,1% menos que los varones, mientras que aquellas que tienen empleo informal ganan un 34,6% menos. Esto demuestra que el acceso al empleo y la permanencia se ven reflejadas en la brecha de ingresos, generando condiciones más desfavorables para las mujeres. Y siendo la desigualdad de género, un factor principal de la feminización de la pobreza en el país, siendo este una barrera social, económica, judicial y cultural, que genera que mujeres e identidades feminizadas se encuentren expuestas al empobrecimiento.
Pero ¿cómo sabemos qué es lo mejor para nosotras? (hablando solo de finanzas, claro) ¿Cómo sabemos de qué manera invertir nuestro dinero?
Jorge Luis González, contador público, describe que hay muchas maneras de invertir el dinero: desde inversiones clásicas (constitución de plazos fijos en bancos tradicionales). Como también el uso de las billeteras virtuales como Mercado Pago, Ualá, Tarjeta Naranja, que son fondos comunes de inversión que brindan rendimientos diarios por tener los fondos depositados en sus cuentas.
A veces, los medios de comunicación nos bombardean con información sobre cómo invertir, pero las mujeres debemos estirar a más no poder el dinero, para rendirlo al máximo, al estilo de Utilísima (aunque ya no exista el canal). A pesar de que en esta investigación nos abocamos en las mujeres, y en la poca (o nula) educación financiera que hemos recibido, Jorge también hace mención que como sociedad tenemos muy poca educación financiera, por eso es importante hacer hincapié en aprender esta herramienta de manera constante.
El Estado ha contribuido de gran manera, en beneficio de mujeres y disidencias durante los últimos años, pero es fundamental poner en primer plano el rol de las mujeres en el acceso hacia los recursos económicos y, especialmente, a los financieros. Con la creación del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad de la Nación (MMGyD) es el resultado de la lucha del movimiento de mujeres, feministas y colectivos de la diversidad sexual. Ante la pandemia de Covid-19 se presentó el Plan Nacional de Acción contra las Violencias por Motivos de Género 2020-2022 (PNA 2020-2022), que al tratarse de un plan integral se hizo efectivo con la acción e intervención de todos los organismos del Estado. Entre las medidas se pueden encontrar:
-Programa Acompañar.
-Programa Producir.
-Programa Potenciar trabajo para personas en situación de violencia de
género.
-Programa Generar.
-Programa Articular.
-Programa para el apoyo urgente y asistencia integral inmediata ante casos de violencia extremas por motivos de género (PAU).
Es necesario destacar el rol del Estado, acompañando e implementando políticas que beneficien a la sociedad. Prevenir las violencias de género requiere de políticas públicas que modifiquen las condiciones estructurales que las reproducen. Y es necesario un abordaje integral de las violencias de género, ya que también las transitan el colectivo LGBTIQA+, porque están ancladas en una misma matriz cultural: el patriarcado. Hay que tener en cuenta que el mercado continúa privilegiando (todavía) a hombres trabajadores, antes que mujeres trabajadoras. Hay que lograr una mayor igualdad en los salarios, en la posibilidad de acceder a cargos y trabajos.
La presencia del Estado es muy importante, aunque hayan algunos sectores que lo intentan silenciar, porque significa que hay una inversión muy importante. Por ejemplo, con la Ley de pago de deuda provisional (ley N° 27, 705), esta permite acceder el derecho a una jubilación a hombres con 65 años o más y mujeres de 60 años o más, que necesiten regularizar su deuda de aportes previsionales. Otro plan muy importante que beneficia a la sociedad es el nuevo Plan de Pago de Deuda Previsional para trabajadores y trabajadoras en actividad.
Consiste en que aquellas personas que saben que no van a cumplir con los 30 años de aportes requeridos para su jubilación, puedan comenzar a saldar su deuda previsional. Ambos trámites pueden realizarse a través de turnos en las oficinas de ANSES.
Los avances son innegables e importantes, pero ¿qué pasa con las protagonistas? ¿qué pasa con aquellas mujeres que lamentablemente han perdido a su pareja? ¿qué pasa después de esas pérdidas?
Tuve la suerte de poder hablar con María Eugenia Cariman de 72 años. Fue muy amable en hablar conmigo, aun sabiendo lo difícil que es abrirse ante una persona extraña para hablar de un acontecimiento tan íntimo para ella y como para su familia. Cuando fui a su casa estaba haciendo pan casero, me estaba esperando, sabía que yo iba a ir a visitarla a las 10 la mañana. Siempre vivió en el mismo barrio, en el Barrio Don Bosco. Conoce a mi mamá y a mi papá.
Ella se presentó diciéndome que estuvo en pareja casi 40 años, y que suele pasar gran cantidad de su día a día en su casa, ya que la edad es un impedimento para que pueda trabajar afuera. Cuando hablamos de su pareja y el vínculo que tuvieron, no pudo evitar emocionarse, era lógico, compartieron 40 años. Antes de conocerlo, había trabajo en casas como empleada doméstica, luego se dedicó a su hogar, hijos/as y nietos/as.
Actualmente, María Eugenia cobra una pensión (presencia del Estado, sí) que la ayuda a vivir el día a día. Como lo hemos visto a lo largo de la investigación, tuvo que buscar sobrevivir por sus hijos y nietos. Relató que desconoce los términos como plazo fijo y billeteras virtuales, en respuesta a lo que me mencionó un contador que “(…) hoy en día con la facilidad que hay en el acceso a internet es muy fácil encontrar tutoriales explicando cómo funcionan estas herramientas (…)”. A mayor edad de las personas, disminuyen las posibilidades de utilizar tecnologías.
Esto hace que los/as adultos/as mayores estén excluidos de una buena administración de dinero: suelen guardar y “ahorrar” los billetes, en espacios de su casa (cajas, cajones, debajo de la cama), sin tener en cuenta la devaluación del peso en Argentina. A veces solemos asociar la vejez a personas mayores que no tienen gastos. Es importante que lleven una buena organización financiera, ya sea a partir de su jubilación o de pensiones. Historias como la de María Eugenia hay muchísimas. Ella recuerda que “antes era linda la vida”. Es difícil no pensar en la necesidad de sobrevivir, siendo mujer. Inconscientemente pensamos en ello, sin importar qué tan feministas seamos. A lo largo de la investigación me pregunté ¿el amor empobrece a las mujeres?, siendo una pregunta bastante “polémica”, y son los roles que nos asignaron lo que nos empobrece. El patriarcado construyó una dependencia en la que no seamos dueñas ni propietarias de nuestras elecciones y decisiones. Y si lo podemos hacer, es porque estamos solteras, lo que el patriarcado no quiere. O porque le debemos agradecer a nuestras parejas que “nos dieron tiempo” o “nos permiten hacerlo”. Es necesario e importante construirnos como las propietarias de nuestro propio camino, buscando espacios de formación y sensibilización donde construyamos formas de subjetividad, y manera de relacionarnos en dónde ningunx se quede afuera, y esta tarea la tenemos que hacer nosotrxs: investigar y cuestionar aquello de lo no se habla.
La importancia de seguir deconstruyendo(nos). Es difícil investigar algo de lo que no hay fuentes de información escritas, más que aquellas historias que sabes de tu vecina, que quedó viuda.
La vecina que vende prepizzas durante la semana, y la ves vendiendo ropa en la feria americana. Esa historia que sabes, pero que nadie se la preguntó (todavía). A lo largo de esta investigación, tuve el privilegio de escuchar muchas historias de mujeres, pero muchas de ellas no quisieron ser parte del escrito, aunque querían que estas historias “se sepan”.
Lamentablemente, muchas mujeres que deciden casarse, al enviudar deben buscar otras alternativas para sobrevivir. ¿Por qué “deben” y “sobrevivir”? Porque se nos asignaron roles que giran en torno a la entrega y a complacer al otro, y mientras invertimos nuestro (valioso) tiempo en ello, no accedemos a oportunidades de aprender de como ser nosotras las proveedoras.
La viudez no se relaciona solo con la vejez, no solemos pensar en ella (tanto en hombres como en mujeres), esto se puede explicar porque este tema no ha sido abordado en diferentes espacios. Es algo que sabemos, de lo que tenemos noción, de lo que hay historias, pero no hay ninguna investigación o producción del tema. Lo que puede considerar a esto como un puntapié para seguir cuestionando los mandatos sociales, aunque pareciera que las cosas no han cambiado tanto como parece.
No se pretende demonizar el casamiento o el matrimonio. Se celebra el hecho de poder decidir con quién y cómo pasar nuestras vidas. Lo que se pretende hacer es aclarar y ser conscientes de lo que está en juego en las relaciones. Y animarnos a poner nuestras propias condiciones para ser individuxs de poder y buscar un equilibrio.
Título ilustración: El peso social de maternar. Mariana Sanín. @mariana. 2020
